jueves, 3 de diciembre de 2009

La Falange Nacional y el Partido Conservador Social Cristiano 28 de julio de 1957

La Falange Nacional

Al concluir el siglo XIX, los militantes del Partido Conservador chileno podían sentirse satisfechos de haber cumplido sus objetivos de mantener el orden social y preservar, aunque no intactas, las prerrogativas de la Iglesia Católica frente al poder civil. Sin embargo, estos logros no conformaron la conciencia de algunos de sus más ilustrados miembros, estremecida por la evidente pobreza en que vivía la mayor parte de los chilenos, las injusticias sociales y el avance de los movimientos revolucionarios de signo antirreligioso. Por lo demás, esta apreciación no era ajena a la propia Iglesia Católica que a partir de la promulgación de la encíclica Rerum Novarum en 1891, comienza a cuestionar el orden social a partir del evangelio. En el país, ésta sensibilidad prendió entre algunos intelectuales católicos que se abocaron al estudio de la pobreza y las formas de mitigarla y, dentro del partido, configuró una corriente social cristiana que le permitió renovar su discurso y sus propósitos, aunque sin llegar a cuestionar la legitimidad de la forma en que se organizaban la sociedad, la economía y la política.

El colapso del régimen parlamentario, la activación de los movimientos sociales producto de la crisis económica de 1929, el surgimiento en el mundo de modelos políticos no liberales y el fragor de la movilización estudiantil que terminó con la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, fueron el clima propicio para que un grupo de la Juventud Conservadora asumiera una posición crítica frente a la línea oficial del partido, limitada a defender el status quo de la sociedad y, a predicar la resignación entre los pobres y la caridad entre los ricos. Los jóvenes, en oposición, pensaban que desde el Estado debían impulsarse reformas que remediaran las necesidades del pueblo y estimularan la colaboración entre los distintos estamentos de la sociedad

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Las diferencias con los adultos se agudizaron hasta que, al finalizar el segundo gobierno de Arturo Alessandri, la juventud del partido decidió apoyar a Pedro Aguirre Cerda en los comicios presidenciales de 1938, candidato del Frente Popular que representaba a los estratos medios y bajos. El quiebre derivó en la formación de un nuevo referente político: la Falange Nacional, donde confluía un selecto grupo de profesionales formado en las enseñanzas sociales de la Iglesia y algunos diputados conservadores afines a la tendencia social cristiana.

La labor pública falangista destacó inmediatamente por la calidad de sus militantes y la claridad de sus postulados. Sin apoyar incondicionalmente al Frente Popular, la Falange respaldó su proyecto de desarrollo económico inducido por el Estado y sólo ingresó al gobierno en 1945, cuando la alianza que lo sustentaba comenzó a fracturarse. La Falange se opuso entonces a la proscripción del Partido Comunista, impulsada por el gobierno de Gabriel González Videla. Esta postura, que anteponía la ética al poder, puso a la Falange inmediatamente en el lado contrario de casi todas las demás fuerzas políticas que apoyaban la proscripción legal del Partido Comunista, pero le permitió allegar el respeto y consideración de la clase media y el mundo popular. La maduración de los postulados falangistas se expresó en la doctrina del humanismo cristiano a la que adhirieron personas provenientes de todos los estratos sociales y sectores políticos y que, interpretados por la consigna “revolución en libertad”, formarían un nuevo partido: la Democracia Cristiana.

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